Lo que pensábamos que sería el futuro…
Y lo que realmente fue
Javier Tovar Sahuquillo
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Análisis2026-04-16
Cuando empecé en esto, a mediados de los 90, teníamos una idea bastante clara de lo que iba a ser el futuro. No en detalles, pero sí en dirección. Pensábamos en sistemas más inteligentes, en ordenadores más rápidos, en aplicaciones que automatizarían tareas que entonces parecían complejas. Lo que no teníamos tan claro era cómo iba a cambiar nuestra relación con la tecnología… ni cómo iba a cambiarnos a nosotros.
Terminé la carrera en el 96, en la UPV de Valencia, en una época donde internet empezaba a asomar, pero todavía no formaba parte del día a día. Veníamos de entornos más cerrados, más controlados, donde desarrollar software era casi un ejercicio artesanal. Recuerdo que durante la mili, en el Ejército del Aire, aproveché para hacer el proyecto de fin de carrera: el equilibrado de aviones de transporte Hércules C130. Aquello, visto hoy, tenía algo que sigo echando de menos: un problema claro, un objetivo concreto y la sensación de estar construyendo algo que tenía sentido desde el primer momento.
Después de eso, ya no he parado. He pasado por muchas etapas del software: sistemas más rígidos, la llegada de la web, la explosión de las aplicaciones, el cloud, la movilidad… y ahora la inteligencia artificial. Y si miro atrás con cierta perspectiva, hay algo que me llama la atención: acertamos en muchas cosas sobre el futuro, pero fallamos en otras que eran igual o más importantes.
Pensábamos que el gran cambio sería tecnológico. Y lo ha sido, sin duda. Pero el verdadero cambio no ha estado tanto en lo que las máquinas pueden hacer, sino en cómo trabajamos con ellas. Antes, construir software era un proceso mucho más lineal. Te sentabas, entendías el problema y te centrabas en resolverlo. Había una continuidad, una lógica, una concentración que, al menos en mi caso, siempre me resultó muy natural.
Programar tenía algo que engancha. Es un trabajo exigente, pero limpio. Tú decides cómo construir, cómo estructurar, cómo resolver. Hay un problema y hay una solución. Puedes entrar en ese estado donde todo encaja, donde el tiempo pasa sin darte cuenta. Es una forma de crear. Y eso, con los años, lo valoras más.
Hoy mi rol es diferente. Ya no estoy al pie del cañón como antes. Estoy más centrado en la parte comercial, en marketing, en hablar con clientes, en entender necesidades desde otro ángulo. Y siendo honesto, es un cambio que tiene su complejidad. No es peor, pero sí distinto. Mucho más fragmentado. Pasas de tener un foco claro a gestionar múltiples cosas a la vez, muchas de ellas sin relación directa entre sí. Y ahí te das cuenta de algo que no te enseñan cuando empiezas: no todas las partes del trabajo encajan igual con cómo piensas.
Además, con los años, hay otra realidad que aparece. La memoria ya no es la misma, la capacidad de mantener muchas cosas en la cabeza cambia, y eso influye en cómo te sientes en cada rol. En desarrollo, podías aislarte, profundizar, construir. En la parte comercial, necesitas saltar constantemente entre contextos, conversaciones, decisiones. Es otro tipo de exigencia.
Si vuelvo al tema del futuro, creo que hay algo que no vimos venir del todo. Pensábamos en automatización, en eficiencia, en sistemas más potentes. Pero no pensamos tanto en la complejidad que iba a generar todo eso. Hoy tenemos más herramientas que nunca, más capacidad que nunca… y, sin embargo, muchas veces trabajamos con más ruido, más fragmentación y menos claridad de la que teníamos hace años en proyectos más simples.
También pensábamos que el software iba a simplificarlo todo. Y en parte lo ha hecho. Pero también ha creado nuevos problemas: integración, dependencia, exceso de herramientas, decisiones constantes. El reto ya no es solo construir algo que funcione, es conseguir que todo lo que tienes funcione como un conjunto.
Y, aun así, hay algo que sí se ha cumplido, y que personalmente me sigue motivando. Seguimos creando. Cambian las herramientas, cambian los lenguajes, cambian los paradigmas… pero en el fondo, seguimos haciendo lo mismo: resolver problemas construyendo cosas que antes no existían.
Quizá lo que pensábamos que sería el futuro era demasiado técnico. Más potencia, más velocidad, más capacidad. Lo que realmente ha sido es algo más humano: cómo trabajamos, cómo nos organizamos, cómo tomamos decisiones y cómo encajamos dentro de todo ese ecosistema tecnológico que hemos construido.
Si algo tengo claro después de todos estos años es que la tecnología seguirá cambiando, como siempre lo ha hecho. Pero hay una cosa que no cambia tanto: la satisfacción de construir algo que funciona, que tiene sentido y que alguien utiliza de verdad.
Eso, al menos para mí, sigue siendo el mejor futuro posible.