Medir bien no es un lujo
Es la única forma de saber si de verdad estamos mejorando
Javier Tovar Sahuquillo
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2026-05-18
Hay una costumbre muy extendida en tecnología, y en otras muchas disciplinas también: opinar antes de medir. Se toman decisiones por intuición, por experiencia acumulada o, peor aún, por inercia. Y la intuición sirve, claro que sí. Pero cuando el negocio depende de sistemas complejos, múltiples proveedores y decisiones que afectan a cientos o miles de usuarios, la intuición sin datos suele salir cara.
Medir no consiste en llenar paneles de indicadores porque quede bien en una reunión. Medir sirve para entender qué está pasando de verdad. Sirve para separar lo que creemos de lo que ocurre. Y esa diferencia lo cambia todo.
En desarrollo de software esto se ve con claridad. Un equipo puede pensar que está entregando rápido porque cierra muchas tareas. Pero si no mide calidad, retrabajo, incidencias en producción o tiempo real de ciclo, esa percepción puede ser engañosa. A veces se avanza mucho para luego retroceder. Se entrega, sí. Pero se entrega con deuda, con parches, con excepciones. Y al cabo de unos meses la organización descubre que estaba moviéndose, pero no necesariamente mejorando.
Pasa lo mismo fuera de tecnología. En operaciones, en ventas, en logística o en atención al cliente. Se puede trabajar mucho y no estar aprendiendo nada. Se puede invertir más presupuesto y obtener menos resultado. Se puede incluso “cumplir” con el plan y seguir sin entender dónde se rompe el proceso. Por eso medir es importante. Pero más importante todavía es extraer conclusiones útiles. Porque un dato aislado no dice casi nada. Lo que dice algo es la tendencia, la comparación, el contexto y la capacidad de relacionar indicadores entre sí.
Aquí es donde muchas organizaciones tropiezan. Tienen datos, pero no criterio para convertirlos en decisiones. O tienen informes, pero no conversación. Y, sobre todo, tienen demasiadas fuentes distintas. Cada proveedor trae su propio panel, su propio lenguaje y su propia forma de contar la verdad. El resultado es bastante conocido por cualquier CIO o responsable IT: una reunión en la que el proveedor A asegura que el servicio está “dentro de parámetros”, el proveedor B dice que el problema viene de otro lado, y el equipo interno pasa media mañana cruzando capturas, correos y exportaciones de Excel para intentar reconstruir qué ha ocurrido realmente.
Ese escenario no es una excepción. Es el día a día de muchas áreas tecnológicas.
Cuando una empresa trabaja con varios proveedores, la falta de una visión integrada no solo complica la operación. También distorsiona la responsabilidad. Si cada parte presenta su propio informe, con sus métricas y su narrativa, es fácil que nadie tenga una foto completa. Y sin foto completa no hay gobierno real. Hay relatos.
Por eso herramientas como Power BI tienen tanto sentido cuando se usan bien. No porque sean mágicas. No lo son. Lo valioso de Power BI no es el gráfico en sí, sino su capacidad para explotar la información dispersa que ya existe en los sistemas de la organización. ERP, CRM, herramientas de ticketing, monitorización, finanzas, planificación, soporte, inventario, plataformas cloud. Todo eso suele estar ahí, pero separado. Cada sistema cumple su función, aunque ninguno ve el conjunto. Power BI permite conectar esas piezas y empezar a responder preguntas que antes exigían horas de trabajo manual.
La diferencia es enorme. Un CIO puede pasar de revisar informes aislados de cada proveedor a ver el comportamiento global del servicio. Puede cruzar incidencias con niveles de servicio, costes con uso real, tiempos de resolución con impacto en negocio, consumo de recursos con demanda histórica. Y cuando haces eso, cambian las conversaciones. Ya no se trata de discutir impresiones. Se trata de analizar evidencias.
Hay organizaciones donde el problema no era la ausencia de datos, sino la ausencia de una lectura común. Un proveedor de infraestructura decía que la plataforma estaba estable. El equipo de aplicaciones veía que las colas crecían. El área de negocio notaba retrasos en procesos clave. Cada uno tenía parte de razón. El problema era que nadie estaba integrando las señales. Y en esa situación Power BI puede ayudar mucho, siempre que se alimente con datos consistentes y se diseñe con una intención clara. No para decorar cuadros de mando. Para tomar decisiones.
Conviene decirlo: un buen panel no arregla una mala gobernanza. Si los datos están mal definidos, si cada proveedor mide algo distinto o si los indicadores cambian según quién los prepare, el problema seguirá ahí. La herramienta no sustituye al criterio. Lo que hace es hacerlo visible. Y eso, bien usado, es potente. Mal usado, también puede ser un escaparate muy elegante para seguir ocultando el desorden.
Por eso la parte importante no es solo visualizar. Es entender qué se quiere aprender de los datos. Qué pregunta real hay detrás. Qué decisión se tomará si el indicador sube o baja. Qué umbral obliga a actuar. Qué relación existe entre una métrica técnica y un efecto operativo o económico. Sin esa reflexión previa, cualquier cuadro de mando corre el riesgo de convertirse en un mural de números sin consecuencias.
La ventaja de Power BI es que permite modelar datos, relacionarlos y construir una capa de análisis accesible para perfiles técnicos y de negocio. Y esto es importante, porque uno de los mayores problemas en empresas medianas y grandes no es tener analistas. Es conseguir que una conversación entre IT, operaciones y dirección parta de la misma base.
En la práctica, eso significa poder responder cosas muy concretas. Qué proveedor está generando más incidencias repetitivas. Qué proceso tarda más de lo aceptable. Qué cambio en una aplicación está provocando un aumento de tickets. Qué servicio consume más coste del que aporta. Qué departamento está acumulando trabajo invisible. No son preguntas sofisticadas. Son preguntas útiles. Y suelen ser las que marcan la diferencia entre gestionar y navegar a ciegas.
También hay una dimensión política, si se quiere llamar así. Medir bien ayuda a reducir discusiones estériles. Cuando los datos están claros, las conversaciones se vuelven más maduras. Ya no hace falta defender posiciones por costumbre. Se puede hablar de prioridades, de impacto. Un CIO con una visión consolidada gana capacidad de negociación interna y externa. Puede exigir a un proveedor con más fundamento. Puede justificar inversiones con más solidez. Puede detectar antes dónde se está desviando el servicio. Y puede, algo muy valioso, dejar de depender de informes que solo muestran la parte conveniente de la historia.
En realidad, ese es el punto central. Medir no es una tarea administrativa. Es una forma de pensar. Obliga a preguntarse qué importa de verdad. Obliga a reconocer que no todo lo que cuenta es fácil de medir, pero tampoco todo lo que se mide cuenta. Obliga a ordenar la conversación. Y cuando una organización aprende a extraer conclusiones de sus datos, deja de reaccionar tarde y empieza a entender antes.
Power BI puede ser una gran palanca para ese cambio. No porque sustituya a la experiencia, sino porque la complementa con evidencia. No porque convierta cualquier organización en una empresa guiada por datos de un día para otro, sino porque hace posible que esa conversación empiece de forma práctica. Con los sistemas que ya existen. Con la información que ya se genera. Con una mirada más honesta sobre lo que realmente está pasando.
Y eso, en tecnología, vale mucho más que un informe bonito.